De qué hablamos cuando hablamos de controversias. Por Roberto Tagashira (SIDETEC)

Roberto Tagashira – Secretaría de Innovación y Desarrollo Tecnológico Tucumán- Facultad de Ciencias Exactas y Tecnología UNT

En 1970 la revista Ciencia Nueva transcribió un fragmento del capítulo “El planteamiento científico”, como adelanto al comentario bibliográfico de la obra de Bunge La investigación científica, su estrategia y su filosofía. Allí el autor denuncia las falacias de las pseudociencias y da tres ejemplos de ellas: la Rhabdomancia, la Parapsicología y… el Psicoanálisis. El correo de lectores de la publicación fue el escenario, desde ese momento, de un enfrentamiento en el que participaron destacados intelectuales de la época –Jacques Mehler y Mario Muchnik entre ellos- e interesó a un público diverso en la capital argentina.

bunge

 

Eran años de intensidad política en nuestro país, y gran parte de la comunidad científica estaba movilizada. En agosto de 1973 sale el número 18 de Ciencia Nueva en donde también se publicaban los artículos “Un proyecto latinoamericano de modelo mundial” de Amílcar Herrera y “El Club de Roma” de Oscar Varsavsky. La revista anuncia la creación del Consejo Tecnológico del Movimiento Nacional Justicialista y presenta su documento fundacional. El Consejo adoptaba una “perspectiva revolucionaria” para construir el “socialismo nacional”; su presidente era nadie menos que Rolando García, el mítico decano de la reformista Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la UBA entre 1957 y 1966, y Vicepresidente fundador del Conicet.

Ahora es Bunge quien explota y en el número 20 denuncia que el documento contiene “una mentira gorda, una omisión hipócrita y tres errores funestos”.

La respuesta de García no demora mucho (número 22) y, más allá de las chicanas mutuas y los estilos del sarcasmo, identifica un eje de discusión que marcó la época: los tres errores que señala Bunge -el pragmatismo (investiguemos solo lo que tenga utilidad práctica), el nacionalismo cultural (independicémonos de la cultura universal) y el dirigismo (planifiquemos y dirijamos desde arriba toda la investigación)- son para él la quintaesencia del pensamiento liberal de principio de siglo. El cofundador del Conicet reclama: “cada vez que se intentó acercar la ciencia a la solución de algunos problemas vitales para el país, surgieron los liberales a poner el grito en el cielo, con los mismos argumentos que ahora esgrime Bunge: ‘¡se está avasallando a la investigación pura!’; ‘¡se quiere dirigir a los investigadores!’; ‘¡la ciencia debe obedecer sólo a la libre inspiración de los científicos!’. (…) Parecería que hay que volver a repetir lo archisabido: que la investigación está menos dirigida por la libre inspiración que por la distribución de los recursos financieros; que la elección de los temas depende de una serie de factores entre los cuales la inspiración individual tiene una importancia ínfima comparada, por ejemplo, con las normas de prestigio de la comunidad científica y las determinaciones sociales, etc., etc.”. García reconoce que el filósofo es claro, pero lamentable, cuando expresa: “Y los investigadores no son recursos naturales a la par del agua y del suelo: son personas. Son personas interesadas en resolver problemas cognoscitivos. Si se las manosea sienten la tentación de hacer las valijas y mudarse del país”.

Efectivamente Bunge era claro, a veces logradamente expresivo, como cuando propone que la ciencia básica es el núcleo de la cultura moderna. Sus enunciados simples tenían eficacia didáctica, aunque en ocasiones eran demasiado esquemáticos para representar la realidad. Justamente, en un número de la revista anterior a la respuesta de García aparece su “Modelo del dilema electoral argentino”, donde mediante un mecanismo de ponderaciones y productos pretende hacer predicciones para las elecciones nacionales que el gobierno militar había prometido para 1973.

Los editores y el autor anticipan que generará polémicas, aunque para apaciguarlas ellos piden tratarlo como un entretenimiento y el autor invita a mejorarlo. El modelo suponía que el argentino medio “A” podía diferenciar cuatro fines (prosperidad económica, tranquilidad social y política, libertad política y cultural e independencia económica y política del país) y cuatro medios para lograrlos en las elecciones (apoyar a los militares, a los peronistas, a un partido tradicional fuerte o a una nueva corriente popular -de izquierda democrática-). Los problemas surgían cuando en las valoraciones necesarias para el cálculo introduce provocativos prejuicios contra los peronistas. De todas maneras, Bunge advertía que era una predicción débil, pues “A” estaría sujeto a factores emocionales e ideológicos y que, en caso de que éstos prevalecieran, los resultados diferirían notablemente de aquellos que él ofrecía y, en lugar de elegir una opción democrática (un partido tradicional fuerte o una nueva corriente de izquierda), votaría por Perón. Las respuestas no se hicieron de esperar, y el resultado de las elecciones de 1973 mostró que una abrumadora mayoría no coincidía con el argentino “A”. De todas formas, hay que contextualizar. Esa confianza excesiva por los modelos matemáticos era de la época: Amílcar Herrera, Varsavsky y García trabajaban con ellos. Y, como muestran los archivos de Ciencia Nueva, los dos últimos también disfrutaban de la argumentación cruenta. Pero no es ni el brillo de sus polémicas ni la precisión de sus modelos lo que queremos reconocer a esta generación de intelectuales argentinos sino su anhelo –finalmente compartido por todos– de lograr un país sensatamente justo e igualitario.

  Mario Bunge filósofo de la ciencia. Por Celia Medina (UNT)
  Sobre el fallecimiento de Mario Bunge

 

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